¡¡Mamá!! - Escuché el grito de mi hija, solté los trastes que estaba lavando y corrí hasta su habitación, abrí la puerta lo más rápido que pude, su cuarto se encontraba solo, no había nadie, volví a escuchar aquel grito que provenía de su baño, abrí la puerta, mi hija estaba sentada sobre el retrete, manchas de sangre resbalan por la parte de adentro de su pierna, ella se volteó.
Mami, graci - Quedó petrificada al verme. - ¡¡SAL DE AQUÍ!! - Me gritó, yo no aguantaba la risa.
¿¡Que sucede!? ¿¡Por qué tantos gritos!? - Preguntó mi esposa, conmocionada de tanta locura esa noche en la casa.
Pues... Vittoria está en sus días... - Le dije, estallé de risa.
¿Ah? - Mi esposa no pareció entenderme.
Sólo entra y te darás cuenta. -
Luego de una larga charla entre mujeres mi esposa salió de la habitación de mi hija, yo estaba afuera en la mesa leyendo un libro con una tasa de café al lado. Noté que había salido y aproveché para entrar a la habitación de mi hija, ella estaba en pijamas, su pelo negro y liso bajaban hasta poco después de sus hombros, sus ojos miel grandes, su cuerpo, acaba de madurar, ya dejó de ser esa niña para convertirse en una mujer.
Ven mi vida, hablemos... - Me senté en su cama, ella se sentó a mi lado, estaba apenada, desde esa distancia escuchaba su corazón latir con fuerzas, yo dejé salir un suspiro. - ¿Sabes? ¿De qué quieres hablar?
¿Pues... No sé... Cómo se conocieron tú y mamá? - Dijo aún ruborizada.
Mmmm... Ahora recuerdo, cuando tu apenas eras una bebé de un mes quise contarte una historia, después me pareció absurdo contártela con solo un mes... Pero ahora me parece buena idea, bueno, la historia se llama "La princesa y el campesino" Un día estaba esa princesa, estaba acostumbrada a una vida fácil, una vida de que todo lo quería, muchos príncipes la lastimaron, ella ya no quería saber nada, pero para despejar su mente le dijo a uno de sus guardias que la acompañara al pueblo, y salió del castillo, anduvieron en el pueblo un rato, ella veía el paisaje, y su mirada se cruzó con la de un campesino que labraba la tierra y humildemente se quitó el gorro en respeto a ella. Ella le ordena al guardia que detenga la carroza y se baja, se acerca al campesino.
Oiga, usted, señor... -
El campesino volteó a mirarla, pues sólo tenía dieciséis años, la misma edad de esa princesa.
Si, señorita, dígame. - Dijo el campesino.
¿No te cansas de labrar tanta tierra? Mira el tiempo, sabes que va a llover, ¿Eso no dañará la tierra y mañana tendrás que volverlo a hacer? -
Sí, mi princesa, pero esto es algo que me gusta hacer y no me importaría hacerlo todos los días, llámeme bobo o bruto, pero está en mi... -
La princesa quedó atónita con esa respuesta... Una serie de palabras bien usadas sirvieron para abrirle los ojos a la princesa, se dio cuenta del mensaje del campesino "No importa cuantas veces tenga que caer, soy lo suficientemente fuerte para pararme y seguir trabajando mi tierra" lo que entendió, su tierra, su día a día, su vida, caía, pero se levantaba y demostraba que podía hacerlo, ese sentimiento era lo que le faltaba a la princesa para poder tenerlo todo, se adentró a la tierra, tomó uno de los rastrillos, y al lado del joven campesino ella comenzó a labrar la tierra.
Esa princesa, que nunca luchó por nada y cuando se daba cuenta de que fallaba en algo lo dejaba todo, pero el campesino le demostró otra forma de vida, de como estar lleno de todo sin tener nada... Hoy en día ese campesino le cuenta esa historia a su hija...
¡Papá! y ¿Cómo se llama la hija del campesino? -
¿Cómo? Pues... Tiene un nombre muy bonito, que había pensado en ella mucho antes de saber que iba a ser padre, su nombre es... Vittoria Sophia...